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  RELIGION  29 de diciembre de 2019
Mensaje completo del Papa Francisco para la 53 °Jornada Mundial por la Paz, 1 de enero 2020.
LA PAZ COMO CAMINO DE ESPERANZA:
DIÁLOGO, RECONCILIACIÓN Y CONVERSIÓN ECOLÓGICA

1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas
La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad.
Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo
cualquier situación difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar
seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»[1]. En
este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso
cuando los obstáculos parecen insuperables.
Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los
conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de
afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles. Naciones enteras se afanan también
por liberarse de las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la
violencia. Todavía hoy, a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la
integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza
en el futuro. Muchas víctimas inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la
exclusión, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensañamiento
sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.
Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la
violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En
realidad, toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad,
inscrito en la vocación de la familia humana.
Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que
fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace en el corazón del hombre por el
egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen
negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las
ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un
obstáculo; y al mismo tiempo alimenta todo esto.
Es paradójico, como señalé durante el reciente viaje a Japón, que «nuestro mundo vive la
perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa
seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar
las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo. La paz y la estabilidad internacional
son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre
una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y
cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad
entre toda la familia humana de hoy y de mañana»[2].
Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en la propia condición. La
desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un
círculo vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz. En este sentido, incluso la
disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad ilusoria.
Por lo tanto, no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en el mundo a través del
miedo a la aniquilación, en un equilibrio altamente inestable, suspendido al borde del abismo
nuclear y encerrado dentro de los muros de la indiferencia, en el que se toman decisiones
socioeconómicas, que abren el camino a los dramas del descarte del hombre y de la creación, en
lugar de protegerse los unos a los otros[3]. Entonces, ¿cómo construir un camino de paz y
reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo
acabar con la dinámica de desconfianza que prevalece actualmente?
Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en
Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente
inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.
2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad
Los Hibakusha, los sobrevivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, se
2
encuentran entre quienes mantienen hoy viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las
generaciones venideras el horror de lo que sucedió en agosto de 1945 y el sufrimiento
indescriptible que continúa hasta nuestros días. Su testimonio despierta y preserva de esta
manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más
contra todo deseo de dominación y destrucción: «No podemos permitir que las actuales y nuevas
generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para
construir un futuro más justo y más fraterno»[4].
Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de
la memoria, que debe mantenerse no sólo para evitar cometer nuevamente los mismos errores o
para que no se vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino también para que
esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz
presentes y futuras.
La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras
y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también
opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una
nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.
Abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, en cuanto los intereses que están en
juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones son múltiples y contradictorios.
En primer lugar, es necesario apelar a la conciencia moral y a la voluntad personal y política. La
paz, en efecto, brota de las profundidades del corazón humano y la voluntad política siempre
necesita revitalización, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las
comunidades.
El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al
diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos
que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las
ideologías y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse continuamente»[5], un camino
que hacemos juntos buscando siempre el bien común y comprometiéndonos a cumplir nuestra
palabra y respetar las leyes. El conocimiento y la estima por los demás también pueden crecer en
la escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un hermano.
Por tanto, el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente
que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre, paso a
paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la
democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso, si se basa en la justicia y en el
compromiso de salvaguardar los derechos de cada uno, especialmente si es débil o marginado,
en la búsqueda continua de la verdad[6]. Es una construcción social y una tarea en progreso, en
la que cada uno contribuye responsablemente a todos los niveles de la comunidad local, nacional
3
y mundial.
Como resaltaba san Pablo VI: «La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de
promover un tipo de sociedad democrática. […] Esto indica la importancia de la educación para la
vida en sociedad, donde, además de la información sobre los derechos de cada uno, sea
recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los
demás; el sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados por el dominio de sí, la
aceptación de las responsabilidades y de los límites puestos al ejercicio de la libertad de la
persona individual o del grupo»[7].
Por el contrario, la brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades
sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en
peligro la búsqueda del bien común. En cambio, el trabajo paciente basado en el poder de la
palabra y la verdad puede despertar en las personas la capacidad de compasión y solidaridad
creativa.
En nuestra experiencia cristiana, recordamos constantemente a Cristo, quien dio su vida por
nuestra reconciliación (cf. Rm 5,6-11). La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un
orden justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de paz a través de la
transmisión de los valores cristianos, la enseñanza moral y las obras sociales y educativas.
3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna
La Biblia, de una manera particular a través de la palabra de los profetas, llama a las conciencias
y a los pueblos a la alianza de Dios con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de
dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos.
Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por
la promesa que lleva dentro de él. Sólo eligiendo el camino del respeto será posible romper la
espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza.
Nos guía el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente diálogo entre Pedro y Jesús: «“Señor,
si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le
contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18,21-22). Este
camino de reconciliación nos llama a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la
fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir
en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz.
Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto
que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá
una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo.
Como escribió hace diez años Benedicto XVI en la Carta encíclica Caritas in veritate: «La victoria
4
sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la
compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino
sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica
caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión» (n. 39).
4. La paz, camino de conversión ecológica
«Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el
maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la
injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles
al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar»[8].
Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los demás, la falta de respeto por la casa
común y la explotación abusiva de los recursos naturales —vistos como herramientas útiles
únicamente para el beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el bien
común y por la naturaleza—, necesitamos una conversión ecológica.
El reciente Sínodo sobre la Amazonia nos lleva a renovar la llamada a una relación pacífica entre
las comunidades y la tierra, entre el presente y la memoria, entre las experiencias y las
esperanzas.
Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio
para convertirlo en nuestra casa común. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas
de vida y la tierra misma se nos confían para ser “cultivadas y preservadas” (cf. Gn 2,15) también
para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno. Además,
necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el
otro y a la acogida del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor.
De aquí surgen, en particular, motivaciones profundas y una nueva forma de vivir en la casa
común, de encontrarse unos con otros desde la propia diversidad, de celebrar y respetar la vida
recibida y compartida, de preocuparse por las condiciones y modelos de sociedad que favorecen
el florecimiento y la permanencia de la vida en el futuro, de incrementar el bien común de toda la
familia humana.
Por lo tanto, la conversión ecológica a la que apelamos nos lleva a tener una nueva mirada sobre
la vida, considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la
alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una
transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros
seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida.
Para el cristiano, esta pide «dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo
en las relaciones con el mundo que los rodea»[9].
5
5. Se alcanza tanto cuanto se espera[10]
El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la
espera.
En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra
misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de
nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable.
El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros
temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera,
como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y
hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y
un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos
horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial.
Para los discípulos de Cristo, este camino está sostenido también por el sacramento de la
Reconciliación, que el Señor nos dejó para la remisión de los pecados de los bautizados. Este
sacramento de la Iglesia, que renueva a las personas y a las comunidades, nos llama a mantener
la mirada en Jesús, que ha reconciliado «todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo
la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20); y nos pide que depongamos cualquier violencia en
nuestros pensamientos, palabras y acciones, tanto hacia nuestro prójimo como hacia la creación.
La gracia de Dios Padre se da como amor sin condiciones. Habiendo recibido su perdón, en
Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Día tras día, el Espíritu Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en
artesanos de la justicia y la paz.
Que el Dios de la paz nos bendiga y venga en nuestra ayuda.
Que María, Madre del Príncipe de la paz y Madre de todos los pueblos de la tierra, nos acompañe
y nos sostenga en el camino de la reconciliación, paso a paso.
Y que cada persona que venga a este mundo pueda conocer una existencia de paz y desarrollar
plenamente la promesa de amor y vida que lleva consigo.
Vaticano, 8 de diciembre de 2019
Francisco
 



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